Es curioso que no haya escrito nada sobre Florencia durante mas de un mes que llevó aquí, a pesar que he pensado hacerlo muchas veces.
Hoy, releyendo las cosas que escribía cuando vivía en Dublín, he entendido un poco esta ausencia literaria; durante este mes, pocas cosas he abarcado que no hubiera abarcado ya en mi primer exilio. Llegué vi y vencí, arropado por la experiencia. En cuestión de una semana tenía una vida montada a toda prisa; una casa preciosa, una semi rutina y una vida social aceptable.
Mentiría si dijera, a pesar de todo, que nada nuevo ha ocurrido. Aunque la verdad es que la adaptación en un país como Italia es un juego de niños comparado con la inhóspita Dublín – inhóspita no sería la palabra, ya que, con el tiempo, descubrí el calor de la ciudad, así que digamos, sencillamente, diferente-. Este viaje, sin embargo, se está mostrando hasta el momento mucho más íntimo, más interior, y quizás, más maduro. Consciente de que, vayas donde vayas, nada cambia en ti, el foco de esta experiencia se está centrando desde el principio en un viaje por mi mismo.
Por supuesto, no es esto lo que quiero contar aquí, sino las primeras sensaciones de un mes de vida en Florencia; los florentinos, los erasmus, los lunes al sol, la búsqueda de la rutina en el extranjero, la búsqueda de tu propio sitio, amistades y actividades, la espera de personas que aún no están , pero están, de alguna forma, cada día.
Y todo esto hace que este mes, aunque parecido en lo que a supervivencia se refiere, este siendo tan diferente a mi experiencia en Dublín. ¿mejor, peor?, seguramente ninguna de las dos. De todas formas, y esto si que me lo ha enseñado mi año en Dublín, todavía es muy pronto como para saberlo.